¿Por qué el correísmo no es una alternativa, sino un peligro para la democracia?
Aquí la respuesta, porque revela su verdadera naturaleza corrupta. El prófugo, el autoritario y su maquinaria de control: la Revolución Ciudadana y sus aliados no son un proyecto político, son una secta donde la lealtad ciega es el único requisito para sobrevivir. El reciente choque entre Luisa González y Rafael Correa, zanjado con un tajante "nadie está por encima de la estructura", desnuda la realidad: allí no se debate, se obedece.
Si te atreves a cuestionar la cúpula, te botan; si no haces caso, te desechan como una pieza inservible. La indignación de los concejales de Durán, excluidos arbitrariamente tras años de lealtad, es solo el síntoma de una metástasis interna. Cuando el líder, refugiado en la comodidad de la distancia, decide el destino de sus bases mediante el capricho, el movimiento deja de ser democrático para convertirse en un club de cortesanos al servicio de un ego.
La ciudadanía debe despertar: no son una alternativa, son un sistema de sumisión. La estructura que hoy se jacta de imponer orden es la misma que hoy se agrieta bajo el peso de sus propias contradicciones.
La Revolución Ciudadana se desmorona; desesperados por aferrarse al poder, no saben a quién poner porque, en su secta, ya no queda espacio para la dignidad, solo para el servilismo que, tarde o temprano, termina devorándolos a todos.
@ladataec

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